¿Se prepara un Plan Cóndor 2?
¿SE PREPARA UN PLAN CONDOR 2?
Hay momentos en que callar, mirar para otro lado o limitarse a observar los acontecimientos desde la comodidad de la distancia también es una forma de renunciar a la historia.
Por eso queremos hablar del llamado “Plan Cóndor 2”en el marcode la Catera Libre de DDHH de la Facultad de Filosofía y Letras. No como una consigna vacía ni como una comparación fácil con una de las páginas más oscuras de nuestra historia, sino como una advertencia frente a la posibilidad de que viejas lógicas de dominación, persecución y disciplinamiento vuelvan a presentarse bajo nuevos nombres, nuevos métodos y nuevos discursos.
Lo que estamos viviendo en la Argentina no puede separarse de una disputa mucho mayor: ¿qué país queremos ser y para quién debe existir ese país?
El gobierno de Milei representa, para quienes vemos con preocupación este proceso, una ofensiva contra conquistas sociales que costaron décadas de luchas. Y detrás de ese proyecto aparecen sectores económicos y políticos que históricamente imaginaron una Argentina para pocos: una Argentina donde la riqueza se concentra arriba, mientras abajo se pide sacrificio, paciencia y resignación.
Y cuando una sociedad comienza a resistir, aparece el viejo recurso de siempre: convertir al que protesta en un enemigo.
Primero fue el “subversivo”. Después el “terrorista”. Hoy aparecen nuevas etiquetas: delincuente, violento, amenaza, banda peligrosa, enemigo de la libertad. Cambian las palabras, pero la lógica puede ser peligrosamente parecida: quitarle legitimidad al que reclama para que resulte más fácil justificar su persecución.
Por eso debemos prestar atención.
Porque ya no hace falta solamente un aparato de propaganda tradicional. Hoy existen redes sociales capaces de fabricar tendencias, multiplicar mentiras y destruir reputaciones en cuestión de horas. Existen verdaderas maquinarias digitales de desinformación que pueden convertir una falsedad repetida miles de veces en algo que termina pareciendo verdad
Existe además, una sociedad fragmentada, cansada, angustiada y muchas veces desinformada. Y además exist un antiperonismo que durante décadas fue alimentado como identidad política, hasta el punto de que para algunos argentinos cualquier propuesta que lleve la palabra “peronismo” parece merecer rechazo antes incluso de ser discutida y finalmente eliminada. Ese es quizás el terreno más fértil para cualquier proyecto autoritario: la ignorancia, el odio y la imposibilidad de reconocer al otro como compatriota.
Y frente a esto aparece algo que puede cambiarlo todo: los jóvenes.
Hay una generación que está empezando a preguntar. Que quiere saber qué ocurrió. Que busca entender por qué sus padres y abuelos tuvieron determinados derechos y por qué hoy muchos de ellos están desapareciendo. Una generación que, pese a la enorme maquinaria de propaganda que la rodea, empieza a descubrir que la historia no comenzó ayer y que ningún gobierno tiene derecho a apropiarse del futuro.
Por eso nuestra tarea no puede ser responder al odio con más odio sino informar, aletar y sobre todo acompañar los procesos de resistencia.
No necesitamos convertirnos en aquello que denunciamos.
Necesitamos memoria, organización, solidaridad y democracia.
Necesitamos recuperar la capacidad de discutir sin que nos conviertan en enemigos. Necesitamos defender el derecho a protestar, a organizarse, a expresarse y a imaginar otro país. Necesitamos enfrentar la mentira con información, la propaganda con pensamiento crítico y el miedo con participación.
Porque Argentina ya conoció el precio de la indiferencia a los peligros de perder nuevamente nuestra independencia
Ya conoció la persecución, la desaparición, la censura y el terror.
NO PODEMOS PERMITIR LA TRAGEDIA VUELVA A REPETIRSE. NO QUEREMOS QUE VUELVAN A MATAR Y SECUESTRAR A NUESTROS HIJOS Y NIETOS.
La resistencia argentina existe. Está en nuestra memoria, en nuestras calles, en nuestras universidades, en nuestros sindicatos, en nuestros barrios, en nuestras organizaciones sociales y también en esos jóvenes que empiezan a descubrir que la política no es una enfermedad de la que haya que curarse, sino una herramienta para decidir colectivamente nuestro destino.
Que nadie se equivoque: resistir no significa destruir. Resistir significa no resignarse para poder actuar.
Y quizás ese sea el desafío de nuestro tiempo: impedir que nos convenzan de que la única Argentina posible es aquella en la que unos pocos deciden y la mayoría obedece.
Porque un país no pertenece a quienes concentran su riqueza.
El país pertenece también —y fundamentalmente— a quienes lo trabajan, estudian, defienden sus derechos, lo sostienen con firmeza, sin hipocresía .
Y si alguna lección nos dejó nuestra historia, es esta
